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De la perfección a la imperfección, ¿cómo aceptar estas dos partes de mí?

Perfección – Imperfección

Dos polos opuestos. Sin embargo, muchas veces buscamos con ansias ser perfectos para alejarnos de la imperfección.


Y es ahí donde surge una pregunta poderosa: ¿Para qué quiero ser perfecta o perfecto? Es algo que me cuestiono constantemente. A veces he perseguido la perfección para que me reconozcan, para que sepan que hago las cosas “bien”, para evitar el juicio.


Creía que si era perfecta, no habría margen para el error, para el fracaso ni para la crítica.

Pero también me pregunto: ¿realmente he sido perfecta? Quizá he logrado cosas que salieron muy bien, momentos que he calificado como “perfectos”, pero en el fondo sé que nunca he estado cerca de la perfección absoluta. Me he equivocado, he perdido personas importantes, me he juzgado y me han juzgado.


El perfeccionismo surge de una creencia idealizada de que debemos ser mejores. Y claro, todos queremos crecer y evolucionar de la mejor forma posible. Pero la perfección total no existe. No conozco a un solo ser humano perfecto. Todos tenemos heridas, días en los que no nos sentimos bien, nos enfermamos, tenemos distintas habilidades y la vida misma es imperfecta: ni nuestros padres, ni nuestro entorno, ni nuestras experiencias han sido perfectos.


En consulta suelo poner el ejemplo de que el perfeccionismo es como querer encajar en un molde lleno de creencias y expectativas. Por más que lo intentes, siempre termina algo doliendo o rompiéndose.


Buscar la perfección nos aleja de nuestra humanidad. Nos desconecta de lo que somos. Es muy distinto querer crecer o ser una mejor versión de nosotros mismos. Crecer es humano, es posible y está basado en la aceptación. Construir una versión más plena no se trata de cumplir expectativas inalcanzables, sino de dar lo mejor que tenemos aquí y ahora, con los recursos que tenemos según nuestra etapa de vida.


Recuerdo que hace más de once años trabajaba en un centro donde buscaba perfeccionar cada reporte de pacientes. Pasaba horas corrigiendo palabras, formas de expresar ideas… Imagínate: querer perfeccionar algo que es proyectivo y subjetivo. Por más que intentara evitar críticas o errores, siempre necesitaba retroalimentación para mejorar o simplemente para tener otro punto de vista profesional. Era recién egresada, deseaba reconocimiento y temía ser juzgada o que me señalaran un error.


En el trabajo, es común querer que todo lo que hacemos sea evaluado como excelente, sin margen de fallo. Nadie quiere un regaño del jefe o tener que rehacer algo. Sin embargo, el perfeccionismo consume mucho tiempo, ralentiza procesos, nos retrasa y eleva los niveles de estrés.


Es importante detenernos y preguntarnos: ¿Cómo me siento con la presión que me pongo para que todo salga perfecto? Vivir así, especialmente en el ámbito laboral, puede provocar ansiedad, síntomas físicos y dificultad para gestionar nuestro tiempo. No se trata de quedarnos en la mediocridad ni de dejar de hacer las cosas bien, sino de aprender a discernir cuándo necesitamos invertir más energía y cuándo no.


Si quisieras dibujar un cuadrado perfecto a mano alzada, sin ayuda de una regla, seguro se movería algún trazo. Tal vez, con mucha dedicación, saldría “lo más perfecto posible”… pero ¿vale la pena? ¿Aporta algo real o es solo un adorno?


El perfeccionismo a menudo es inconsciente. Yo lo viví así. Me presionaba por cumplir objetivos a determinada edad. Decía: “A los 24 seré maestra, a los 26 doctora en psicología”. Logré la maestría, pero no el doctorado. También pensaba que me casaría a los 30 y sería mamá a los 33. Hoy estoy casada a los 33 y probablemente seré mamá en unos años, o tal vez no. Me he juzgado mucho por no cumplir mis propias expectativas. Pero la vida no se trata de presionarnos para lograr todo según un cronograma, sino de tener una dirección flexible y preguntarnos qué es lo mejor para nosotros hoy.


Todos quisiéramos vivir sin errores: en el trabajo, en nuestra pareja, en el día a día. Queremos escenarios ideales sin enfocarnos en lo que implica construirlos. Pero la felicidad se encuentra justo ahí: en la construcción, en el camino, en contacto con quienes somos realmente.


Muchos temen a la imperfección, a mostrarse vulnerables, a que otros descubran sus errores. Creemos que ser imperfectos es malo, cuando en realidad es lo más humano que existe.


Yo misma he perdido oportunidades por perseguir la perfección. He dejado ideas en el camino, he tardado en dar pasos por miedo a que “no sea una buena idea o que me falte mucho por mejorar”. Pregúntate: ¿Cuánto tiempo has retrasado algo por miedo a no hacerlo perfecto?


En consulta me preguntan: “¿Cómo dejo de ser perfeccionista?” Y lo primero que comparto es que no se trata de dejar de serlo de un día para otro, sino de observar cómo ese perfeccionismo afecta tu vida. Es natural querer dedicar tiempo y esfuerzo para obtener buenos resultados, pero ¿sufres al hacerlo? Lo primero es aceptar que vives desde el perfeccionismo, desde la sensación de “no ser suficiente”. Y, entonces, abrir espacio para abrazar tu imperfección.


He escuchado frases como: “Sí, acepto que soy imperfecto, pero no quiero equivocarme ni que me juzguen”. Claro, nadie quiere eso. Pero aceptar la imperfección no es solo entenderla: es permitirnos equivocarnos, recibir retroalimentación, escuchar críticas y abrirnos a cambiar. Es dejar de tomar todo de forma personal y evolucionar con lo imperfecto.


También influye cómo nos hablamos cuando nos encontramos con nuestros fallos. Una cosa es lo que nos dice alguien más; otra, lo que nos decimos a nosotros mismos. Yo me he cachado diciéndome: “Qué tonta fuiste”, o “¿Por qué no hiciste otra cosa?”. En 2022 me estafaron y perdí un dinero importante justo cuando planeaba independizarme con mi pareja. Me juzgué mucho, pero después reconocí mi parte humana: confié demasiado en alguien. Entendí que confiar no es malo, pero sí puedo ser más precavida y que puedo recuperar lo perdido. El diálogo interno es clave: de ahí nace la exigencia o la compasión.


Otro factor es desde dónde nos evaluamos: ¿con estándares rígidos o desde la compasión? Cuando la autoevaluación es rígida, cualquier paso puede desconectarnos y estresarnos. Pero si lo hacemos desde la oportunidad de crecer, cada paso se vuelve evolución.


Pregúntate: ¿De dónde vienen tus estándares? Muchas veces, de lo que nos dijeron nuestros padres o de experiencias tempranas.


Cuando vivimos para cumplir expectativas externas, nos desconectamos de nosotros mismos. Perdemos energía comparándonos y buscando la aprobación de otros, olvidando quiénes somos de verdad.


He escuchado muchas veces: “No me siento suficiente.” Entonces pregunto: ¿Qué significa para ti ser suficiente? Para mí, suficiente es tener lo necesario para cubrir una necesidad. Pero cada quien tiene sus propias necesidades. Jamás podremos cumplir la suficiencia de todos. Tú ya eres suficiente solo por existir. Los demás no vinieron a este mundo para evaluarte ni para que cumplas sus expectativas, sino para compartir y aprender contigo.


Querer alcanzar lo inalcanzable es cansado y desgastante. Nos drena, nos hiere la autoestima y alimenta nuestro ego, que busca validación externa. El perfeccionismo es un juego del ego: queremos ser perfectos porque nos comparamos.


Además, el perfeccionismo surge de la negación de una realidad imperfecta, con dolor, errores y matices. A veces creamos mundos utópicos que solo existen en nuestra mente. Pensarlos puede motivarnos, sí, pero vivir encerrados en ellos nos impide ver la realidad de lo que somos y de lo que es la vida.


Yo puedo decir que pasé años de mi vida en una burbuja: siendo la “Laura buena”. Vivía detrás de una máscara, cumpliendo expectativas y evitando el conflicto. Eso me alejó de lo que realmente quería y de las personas que deseaba tener cerca. Mantener esa imagen me robó energía y autenticidad. Solo cuando abracé mi imperfección y me mostré tal cual soy, algunas personas se quedaron y otras se alejaron. Y eso está bien. Porque ser humano es ser imperfecto, y cada quien estará en nuestra vida el tiempo que corresponda.


Explorar la imperfección nos conecta con la vulnerabilidad. Recuerdo una paciente que me decía que se sentía “dañada” por una serie de padecimientos físicos. Se reprochaba y se sentía sin valor, como si la imperfección fuera un castigo. El trabajo fue ayudarla a ver que sus imperfecciones eran parte de su humanidad, que podía decidir qué hacer con lo que estaba en sus manos y amarse tal como es.


Ver lo que está roto, manchado o desequilibrado es incómodo. Pero solo cuando lo miramos de frente podemos transformarlo, decidir y abrazar nuestra vida completa.


Para cerrar este blog quiero dejarte un ejercicio inspirado en el Kintsugi, una técnica japonesa que repara piezas rotas resaltando sus grietas con oro, en lugar de ocultarlas. Así honran la historia de cada pieza, mostrando que lo roto puede ser bello.


Un ejemplo de como se pudiera ver el Kintsugi
Un ejemplo de como se pudiera ver el Kintsugi

Te invito a hacer una pausa. Respira profundo. Siente tu cuerpo. Conéctate con lo que acabas de leer.


Ahora, imagina que tú eres un jarrón reparado con Kintsugi.


  • ¿Cuáles serían esas imperfecciones que cargas? Escríbelas aquí:


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  • Luego, escribe: ¿Qué te hace sentir verlas?


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  • Y por último: ¿Cómo podrías abrazar más tu imperfección?


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Recuerda: la perfección es una fantasía. La humanidad se construye de grietas, matices y aprendizajes. Abrázate, justo así, imperfecta o imperfecto… pero profundamente humano.


Con amor,

Laura Cárdenas

 
 
 

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