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Del control a la flexibilidad

Por Laura Cárdenas


El control: un viejo amigo que aún sigue siendo parte de mi vida. Creo que es algo que varios de nosotros buscamos e imaginamos constantemente: tener el control de todo para que salga como queremos, como deseamos.


Para iniciar con este tema, me gustaría ponerles un ejemplo que uso en consulta: la analogía del corral. El control es como tener un corral pequeño que puedes observar, manejar y utilizar; sin embargo, buscas llenarlo de muchos animales o cosas que estén bajo tu manejo. Y al incluir más y más, llega un punto en el que se rompe y sale todo lo que había ahí, generando frustración, ansiedad y mucho estrés. La vida no se trata de vivir sin tu propio corral, sino de hacerlo más libre y flexible; porque vivir sin control también puede llevarte a actuar impulsivamente, pero el exceso de control te lleva a vivir con ansiedad.


El control también puede verse reflejado en el cuerpo. Te comparto que, a lo largo de mi maestría, trabajé en un proyecto sobre el síndrome de colon irritable, ya que debido al control he tenido inflamación en todo mi sistema digestivo —que, por cierto, años después sigo teniendo—. Para mí fue todo un reto descubrir por qué me pasaba esto y cómo podía ayudar la Gestalt a trabajar el tema con mi cuerpo. Aunque he avanzado, aún tengo un camino largo.


Constantemente noto cómo mi cuerpo reacciona al estrés y la ansiedad, muy reflejados a través de querer tener el control del futuro, de mi pareja, de mi trabajo y negocio, e incluso de lo que las personas iban a pensar de mí en redes sociales, en mi día a día o por las decisiones que estaba tomando. Hasta que fui a terapia, pude empezar a descubrir y trabajar que no podía tener el control de nada de lo que estaba en mi exterior; lo sigo comprobando. Y aunque sí puedo trabajar lo que ocurre en mi interior, querer controlarlo también me llevó a retener y no expresar, generando mucho malestar e inconformidad con cómo me sentía, porque el control se volvió represión.


El control no es malo. Es importante que no lo veamos como esa parte de nosotros que no debería existir, porque está ahí por una razón. Muchas veces nos sirve. Pero yo creo que el control tiene un gran mensaje: un mensaje que nos pregunta: ¿De qué nos estamos protegiendo? ¿Qué nos da miedo soltar? Muchas veces nos hace sentir que, si controlamos las cosas, podemos cuidarnos más; sin embargo, el control suele volverse rígido y nos lleva a reprimirnos.


En muchos momentos de mi vida me ha costado ser flexible y soltar el control, pues el control —al igual que el perfeccionismo— está ligado a la ansiedad. Nos desconecta de quienes somos, de las cosas maravillosas que tiene la vida, y no nos deja disfrutar lo que estamos viviendo.

Un concepto que yo he venido cambiando cuando hablamos de emociones —y que sé que muchos autores han utilizado— es el de “controlar las emociones”. Si sumamos el control a algo que de repente aparece en nuestro cuerpo, muchas veces terminamos reprimiéndolo: no lo vivimos y, al contrario, se acumula tanto que explota. Un mejor concepto, que sé que muchos de mis colegas y yo hemos empezado a utilizar, es la palabra “regulación” o “manejo” de las emociones. Porque, al final, va a haber momentos en los que no se regulen completamente, y hay cosas que no se van a controlar: a veces el cuerpo va a reaccionar como lo necesite ante una situación difícil o inesperada. Sin embargo, es importante hacer consciente cómo respondemos a lo que nos sucede para identificar qué necesitamos en ese momento.


El control definitivamente es algo que está en nuestro interior, porque intentar controlar el exterior es una lucha cansada en la que, tarde o temprano, saldrás perdiendo: perdiendo relaciones, trabajos o incluso tu propia paz mental.


Una de las cosas con las que más relaciono el control es con dos palabras: cambios y pérdidas. Definitivamente, cuando vivimos estas dos experiencias, el control desaparece. Te lo digo así porque me tocó vivirlo. En 2023 tuve demasiados cambios en mi vida: laborales, de pareja, familiares y personales. Me independicé, mi abuelo materno falleció, empecé a organizar mi boda, hubo cambios en el negocio, económicamente hubo fallas y mi hermana se fue a vivir a otro país. Todo esto me llevó a recordarme que, por más que quiera, no tengo el control. Y les juro que lo intenté, pero fracasé en mi intento.


Lo único que provocó en mí fue ansiedad, porque no entendía por qué me pasaban todas estas cosas al mismo tiempo. Jamás había vivido una sensación de ansiedad tan fea hasta ese momento. No creía que todo esto me iba a mover de una manera tan increíble. A veces no entendía cómo una persona vivía un ataque de ansiedad… hasta que me comió la cabeza. Y muchos podrán pensar: “Pero, Laura, tú eres psicóloga”. Y yo digo: sí, soy psicóloga, pero también soy un ser humano.


Sin embargo, dentro de todo este proceso empecé a recordar dos palabras que me han ayudado mucho: flexibilidad y presente. Aunque mi mente tenía una tendencia hacia el control, me di cuenta de que, al moldearme, iba a empezar a sentirme mejor, y que podía vivir cada día con lo que sí estaba disponible.


Todos somos seres flexibles, porque los seres humanos por naturaleza somos adaptativos. Y si hablamos de la palabra “adaptarse”, hablamos de “acomodarse o ajustarse a un lugar o situación distinta de lo habitual”. Es algo que muchas veces nos cuesta, o que no nos gusta, y tendemos a resistir. Sin embargo, la vida misma nos lleva a eso: a adaptarnos a nuevas etapas de vida, cambios, pérdidas, personas, lugares y retos que enfrentamos.


Por eso, estas dos polaridades ante los cambios y las pérdidas es necesario conocerlas y vivirlas: porque el control te va a ayudar a acomodar cosas que se desordenaron, a volver a estructurar tu vida y darle un lugar; pero la flexibilidad te lleva a fluir, dejar pasar y acomodarte naturalmente, sin forzarlo y a su tiempo.


Un concepto que yo relaciono mucho con el control es la estabilidad. Una de las cosas que yo siempre proclamaba antes era que amaba ser estable: es decir, que todo estuviera acomodado, que no hubiera nada con qué batallar. Y muchas veces me decía que era mejor ver situaciones desagradables a través de los ojos de alguien más que a través de los míos.


Si lo vuelves a leer, suena lógico: nadie quiere tener experiencias negativas ni desagradables. Pero al decirme esto, sabía que estaba controlando; y que al no permitirme vivir cambios y enfrentar retos, lo que hacía era perderme la oportunidad de desarrollar habilidades.


También relaciono esto con la zona de confort: esa que incluye lo que ya conoces, lo que ya sabes, lo que ya entiendes. Es muy fácil transitarla. Pero cuando decidimos salir a una zona de aprendizaje, es ahí donde nos encontramos con la flexibilidad para crecer y desarrollar herramientas nuevas.


Tener todo bajo control muchas veces se siente bien. Sientes que todo está acomodado. Pero siempre hay algo moviéndose. Yo lo relaciono también con cuando acomodas tu ropa. Tengo un tema con eso: siempre me cuesta acomodarla, pero lo uso como ejemplo. Probablemente tu ropa está acomodada en un lugar, pero la usas y después la pones en el cesto; la lavas y la regresas a su sitio. Cada vez que la quitas de ese lugar, puedes decidir dos cosas: volver a acomodarla donde mismo o acomodarla en otro lugar, o de otra manera. Probablemente habrá un tiempo en el que no esté acomodada. Puede haber momentos cíclicos, pero también momentos de cambio, y cualquiera de los dos está bien. Las cosas no siempre estarán en el mismo lugar, y eso está bien.


Entre más soltamos el control, más oportunidades tenemos. A veces esta polaridad no nos deja ver más allá: nos limita, nos hace voltear solo a ver el lugar en el que ponemos las cosas, en lugar de explorar nuevas formas de hacerlas, nuevas soluciones y alternativas.

Por eso es importante mirar que esto también tiene mucho que ver con el miedo: esa emoción que nos alerta y nos angustia, en lugar de invitarnos a confiar en nosotros cuando las cosas sí están en nuestras manos y a soltar cuando no lo están.


Una vez me tocó ver a una persona en consulta que me decía que era muy cuadrada, que no podía salirse de ciertas reglas o parámetros porque eso era lo correcto. No le discutía esa parte, porque, por ejemplo, en medicina se requiere un grado de precisión. Por eso digo que hay disciplinas que requieren cierto control para cuidar a los demás; de lo contrario, podrían salir afectados. Sin embargo, ese control a veces también nos lleva a no disfrutar, a ser rígidos y a no poder ver más allá.


Las pérdidas —como mencionaba anteriormente— afectan mucho a las personas que tendemos al control, porque es difícil procesarlas. Incluso se llega a pensar: “¿En qué perdí el control para que esto sucediera?” Y las pérdidas definitivamente son algo que no controlamos. Por ejemplo, si yo no quisiera perder mi juventud, podría hacer mil tratamientos para evitar arrugas, hacer ejercicio o usar todos los métodos que existen actualmente para “controlar” eso; sin embargo, por más que lo haga, mi cuerpo va a envejecer. Tal vez de otra manera, pero al final no puedo controlar ser más joven. Lo que sí puedo manejar es cómo quiero llegar a mi vejez.


Además, las pérdidas no pasan rápido, y eso frustra, porque la energía baja mucho en esos momentos. Yo recuerdo que me juzgaba mucho por no tener la misma rutina que antes de independizarme; e incluso cuando falleció mi abuelo, me regañaba por no poder volver a estar en el mismo lugar, con la misma energía y de la misma forma.


Por eso, la flexibilidad no significa que “te va a valer”, sino que te vas a hacer cargo de ti. Claro que con ese empuje a fluir en las pérdidas y los cambios, comprendes que no eres una roca, permanentemente igual, sino que eres como plastilina: moldeable, en constante movimiento y evolución.


Creemos que el mejor aliado para lograr metas y objetivos es el control, y claro que ayuda a estructurar y a dar una serie de pasos; tener dirección es muy importante porque nos da rumbo y mueve nuestra energía. El problema es cuando eso se vuelve rigidez y nos perdemos, cuando no fluimos.


Por eso, entre más dejamos que las cosas vayan tomando su rumbo —haciéndonos cargo de ellas—, podremos ser más tolerantes a los imprevistos y a que haya cosas que no sean como queremos o que no tengamos dentro de nuestro alcance. Porque a veces queremos que todo pase ya, que nada se sienta y que todo se regule como nosotros queremos… pero así no funcionamos. Hay cosas que requieren tiempo y energía.


Cuando nos salimos de la caja, vemos más cosas, comprendemos mejor lo que está pasando. Pero nadie nos enseña a salir de la caja, porque muchas veces nos dijeron que hacerlo estaba mal o que nos podía pasar algo malo. Lo que sí te puedo decir es que ahí te encontrarás con nuevas herramientas y descubrirás qué sí quieres y qué no; qué te hace bien y qué no. A veces el control está sostenido por creencias y por el “deber ser”.


Hace poco escuchaba un podcast que hablaba de cómo utilizar la palabra gestión nos lleva más a entendernos que utilizar la palabra control. La gestión es como manejar un coche: tú tienes el rumbo, pero al final te vas a encontrar con muchas cosas que no están a tu alcance. A veces hay accidentes, tráfico o experiencias inesperadas. Y en esos momentos, la gestión nos ayuda más a enfrentarnos que el control.


Y está bien: habrá cosas que podremos controlar y otras que no. Lo más importante es aceptar las que no, y ser compasivos con nosotros en las que sí.


Para ir cerrando este blog, te voy a pedir que otra vez te detengas, respires profundamente y conectes con tus sensaciones. ¿Qué te hizo sentir esta lectura? No qué piensas, sino qué hay en tu sensación.


Me gustaría que hiciéramos juntos este ejercicio a través de estas preguntas:


Imagina que todo tu ser está dentro de una caja, donde está todo lo que manejas, lo que está a tu alcance (anota todo lo que imaginaste):

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Ahora imagina que sales de esa caja y te encuentras con nuevas formas de ver la vida, con un mundo distinto. ¿Qué encontrarías? ¿Qué pensamientos alimentarías?

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Ahora junta las dos partes: lo que está dentro de la caja y lo que está fuera. ¿Con qué cosas te quieres quedar? ¿Qué cosas vas a dejar ir? ¿Qué pasa si no tienes el control?

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Espero que te haya servido demasiado.

Te mando un abrazo, Lau.

 
 
 

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